PLAZA REIAL
El restaurante daba por un lado a los arcos de la plaza, y por el otro, a las Ramblas. Dentro reinaba una atmósfera tibia, algo melancólica. El maître conocía a su padre, y se acercó solícito. Era un anciano de cabellos blancos, con un frac de corte antiguo, pulcro y no demasiado nuevo. Luis Roda le presentó a su hijo, con orgullo. Le trataba con gran familiaridad. También me conoció de muchacho- le explicó, mientras subían a un comedorcito privado-. Tenía tu edad cuando el abuelo me trajo aquí, por primera vez. Eduardo se dio cuenta de que para su padre aquellos momentos tenían importancia, continuaban algo, cerraban algo en su vida, a la vez que la abrían a algo nuevo.

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