Ruta literaria - LUCIÉRNAGAS
dilluns, 23 de maig del 2016
BAR BOSTON
Aquella noche, acompañados de la Peli Lola -el rojo de sus cabellos todo el mundo lo conocía-y de Marina, con sus diecinueve años y sus anchos pómulos, fueron al Boston, un bar que en tiempos sería lujoso, en la calle Aribau. Lo frecuentaban comisarios, carabineros, oficiales del CASE. Detrás del mostrador había un alto anaquel de madera tallada con las filigranas astilladas, y enmarcando espejos, ya opacos, ya como bañados por luz de gas. Grandes globos de cristal blanquecino iluminaban el local, con mesas de hierro y mármol, alineadas junto a la pared.
Cuando entraron, frente a la puerta, había dos coches del Ejército con camuflaje. Estaba lleno.Hombres con cazadoras de cuero y gorro de pico hablaban alto, bebían y comían, con el rostro
brillante. Alguna mujer les acompañaba. Lola y Marina reventaban de satisfacción. Lola se quitó el abrigo y apareció una blusa de raso rojo. El escote, en punta, mostraba un triángulo de carne blanca y azulosa. Tenía un granito junto al cuello, con la cabeza madura, pero no lo debía saber. Lola sonreía, mostrando sus dientes grandes, levemente oscurecidos. Marina, más melancólica, apoyaba la cabeza en el hombro de Eduardo. Un olor espeso, a brillantina barata,llegó a la nariz del chico.
BILLARES ESQUERRA
Los tres muchachos se reunían, a planear los golpes en la barraca de Chano. Allí guardaban
parte de su botín, en el suelo, en una pequeña trampa oculta bajo el colchón. Pero su más frecuente punto de reunión eran los billares Esquerra, de la calle de Aribau, a la altura de la de Diputación. Eduardo iba allí a ver a Daniel, seguro de encontrarlo a determinadas horas. De ir, a su vez, se ficionó al lugar. A la entrada, quedaba el bar, poco frecuentado por ellos, y, al fondo, los billares. Discos de luz iluminaban los tapetes verdes, y en la zona de sombra flotaba el humo densamente. Daniel, en mangas de camisa, jugaba y apostaba incansable. Perdía y ganaba, perdía y ganaba con pasión. La mayor parte de los clientes eran muchachos de catorce a dieciocho años que ponían en el juego la misma pasión que Daniel.
Tropezando, salieron del local. El aire de la noche le provocó a Eduardo un mareo más fuerte y
se agarró a las chicas para no caerse. Bajaron por la calle de Aribau hasta la plaza de la Universidad. El monumento al doctor Robert, de sólido granito y mármol entre la niebla húmeda, parecía un blanco cendal, diluido y flotante, detenido así, para siempre, en un aire milagrosamente quieto. La humedad mojaba el enlosado y el asfalto, y resbalaban alguna vez. Cualquier ruido sonaba con distancia y misterio. Confusamente, Eduardo vio los plátanos de la calle Cortes. Los árboles avanzaban, avanzaban, hasta perderse en la bruma. Al llegar a Muntaner doblaron hacia abajo. Lola y Marina vivían realquiladas en un piso de la calle de Sepúlveda, algo más allá de la Casa de Socorro. Luego, recordó el globo de luz con su cruz roja pintada.
CALLE DEL BUENSUCESO
Entraron por la calle del Buensuceso, hasta la plaza y se arrimaron al mostrador de mármol de un bar viejo y destartalado. Fuera había dos mesas y butacas de mimbre donde se sentaban milicianos y soldados. Enfrente, una iglesia, convertida en cuartel.
—El charlatán era algo distraído—dijo de pronto el chico, con una risita aguda.
Y, ante los ojos asombrados de Eduardo, sacó del bolsillo una mugrienta cartera.
Dentro había cincuenta duros, la cédula personal y un certificado de vacunación antivariólica, entre otros papeles. Para no ser menos que el otro, rio a su vez.
Luego, el chico bizco le miró con fijeza.
—Vente—le dijo. Y añadió por lo bajo, insinuante, algo que Eduardo no entendió. Pero siguió a su nuevo amigo, dándose por enterado.
En la Plaza del Teatro, una larga cola de hombres se apiñaban en la embocadura del Arco.
PLAZA REIAL
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