BILLARES ESQUERRA
Los tres muchachos se reunían, a planear los golpes en la barraca de Chano. Allí guardaban
parte de su botín, en el suelo, en una pequeña trampa oculta bajo el colchón. Pero su más frecuente punto de reunión eran los billares Esquerra, de la calle de Aribau, a la altura de la de Diputación. Eduardo iba allí a ver a Daniel, seguro de encontrarlo a determinadas horas. De ir, a su vez, se ficionó al lugar. A la entrada, quedaba el bar, poco frecuentado por ellos, y, al fondo, los billares. Discos de luz iluminaban los tapetes verdes, y en la zona de sombra flotaba el humo densamente. Daniel, en mangas de camisa, jugaba y apostaba incansable. Perdía y ganaba, perdía y ganaba con pasión. La mayor parte de los clientes eran muchachos de catorce a dieciocho años que ponían en el juego la misma pasión que Daniel.
Tropezando, salieron del local. El aire de la noche le provocó a Eduardo un mareo más fuerte y
se agarró a las chicas para no caerse. Bajaron por la calle de Aribau hasta la plaza de la Universidad. El monumento al doctor Robert, de sólido granito y mármol entre la niebla húmeda, parecía un blanco cendal, diluido y flotante, detenido así, para siempre, en un aire milagrosamente quieto. La humedad mojaba el enlosado y el asfalto, y resbalaban alguna vez. Cualquier ruido sonaba con distancia y misterio. Confusamente, Eduardo vio los plátanos de la calle Cortes. Los árboles avanzaban, avanzaban, hasta perderse en la bruma. Al llegar a Muntaner doblaron hacia abajo. Lola y Marina vivían realquiladas en un piso de la calle de Sepúlveda, algo más allá de la Casa de Socorro. Luego, recordó el globo de luz con su cruz roja pintada.

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