BAR BOSTON
Aquella noche, acompañados de la Peli Lola -el rojo de sus cabellos todo el mundo lo conocía-y de Marina, con sus diecinueve años y sus anchos pómulos, fueron al Boston, un bar que en tiempos sería lujoso, en la calle Aribau. Lo frecuentaban comisarios, carabineros, oficiales del CASE. Detrás del mostrador había un alto anaquel de madera tallada con las filigranas astilladas, y enmarcando espejos, ya opacos, ya como bañados por luz de gas. Grandes globos de cristal blanquecino iluminaban el local, con mesas de hierro y mármol, alineadas junto a la pared.
Cuando entraron, frente a la puerta, había dos coches del Ejército con camuflaje. Estaba lleno.Hombres con cazadoras de cuero y gorro de pico hablaban alto, bebían y comían, con el rostro
brillante. Alguna mujer les acompañaba. Lola y Marina reventaban de satisfacción. Lola se quitó el abrigo y apareció una blusa de raso rojo. El escote, en punta, mostraba un triángulo de carne blanca y azulosa. Tenía un granito junto al cuello, con la cabeza madura, pero no lo debía saber. Lola sonreía, mostrando sus dientes grandes, levemente oscurecidos. Marina, más melancólica, apoyaba la cabeza en el hombro de Eduardo. Un olor espeso, a brillantina barata,llegó a la nariz del chico.

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