dilluns, 23 de maig del 2016



CALLE DEL BUENSUCESO


Entraron por la calle del Buensuceso, hasta la plaza y se arrimaron al mostrador de mármol de un bar viejo y destartalado. Fuera había dos mesas y butacas de mimbre donde se sentaban milicianos y soldados. Enfrente, una iglesia, convertida en cuartel.

—El charlatán era algo distraído—dijo de pronto el chico, con una risita aguda.

Y, ante los ojos asombrados de Eduardo, sacó del bolsillo una mugrienta cartera.

Dentro había cincuenta duros, la cédula personal y un certificado de vacunación antivariólica, entre otros papeles. Para no ser menos que el otro, rio a su vez.

Luego, el chico bizco le miró con fijeza.

—Vente—le dijo. Y añadió por lo bajo, insinuante, algo que Eduardo no entendió. Pero siguió a su nuevo amigo, dándose por enterado.

En la Plaza del Teatro, una larga cola de hombres se apiñaban en la embocadura del Arco.








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